Universidad
Carlos III – Leganes (Madrid)
Del
19 al 22 de Septiembre de 2002
UN
CONCILIO PARA EL SIGLO XXI: RECUPERANDO LA TRADICIÓN CONCILIARISTA DEL
CRISTIANISMO
Teologo. Profesor. Secretario de la Asociación de
Teologos Juan XXIII
“... los males que hoy le causan (a la Iglesia) desolación, las
herejías y las perversiones de la vida religiosa de la entera Cristiandad,
proceden del hecho de haber abandonado la celebración de concilios”. Esto
escribía el monje Udalrico con motivo de la celebración del concilio de Basilea
(1431-1449). Un siglo después, era el téologo y jurista español Francisco de
Vitoria, ‘padre’ del derecho de gentes, quien se expresaba en términos
similares: “Desde que los papas comenzaron a temer a los concilios, la Iglesia
está sin concilio, y así seguirá para desgracia y ruina de la religión”.
Es posible que parecidas reflexiones
estén haciéndose las numerosas voces procedentes de todos los sectores de la
Iglesia católica: cardenales, obispos, teólogos, teólogas, movimientos
cristianos de base, que reclaman la celebración de un nuevo concilio para
responder con creatividad e imaginación a los grandes problemas planteados al
catolicismo en el nuevo siglo. Primero fue el cardenal Martini, arzobispo de
Milán, quien, en un Sínodo de obispos de 1999, propuso delante del papa la
necesidad de una asamblea de la Iglesia universal para tratar cuestiones de
especial trascendencia, cuya respuesta desborda la capacidad de un sínodo. La
propuesta cayó en saco roto, y sus colegas –incluidos los obispos españoles- le
dieron la espalda. Pero Martini no se dio por vencido y volvió a reiterar su
propuesta el 17 de enero de 2001 en una entrevista del “Corriere” donde
expresaba su deseo de un concilio ecuménico que abordara con vigor y rigor los
“temas cálidos” de la vida de la Iglesia católica. A dicha petición se sumó
Karl Lehmann, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, nombrado cardenal
por Juan Pablo II, quien mantiene profundas divergencias teológicas con el
cardenal Ratzinger y se enfrentó al Vaticano cuando se negó a cerrar los centros de asesoramiento sobre el aborto que
tiene la Iglesia católica en Alemania. Él cree necesario no limitar los ámbitos
de decisión al papa, la Curia y los sínodos episcopales y sugiere como
camino un concilio Vaticano III.
Actualmente es la corriente “Somos Iglesia” la que, con el apoyo de
centenares de colectivos católicos críticos y de cuarenta obispos
latinoamericanos, ha pedido la puesta en marcha de un proceso conciliar con la
participación activa de todo el pueblo de Dios para abordar los grandes
desafíos que se le plantean al catolicismo en el siglo XXI.
Es verdad que no ha pasado tanto tiempo desde la celebración del
concilio Vaticano II (Roma, 1962-1965). Pero de entonces acá se han producido
cambios tan profundos en el mundo que han mutado el panorama político, social,
económico, cultural religioso y cultural tanto a nivel internacional como
nacional y regional. Estamos ante un cambio de época más que ante una época de
cambio. Y ello obliga a la Iglesia católica a re-ubicarse en el nuevo escenario
mundial, si no quiere perder de nuevo el tren de la historia, como lo ha
perdido tantas veces. Muchos tenemos la impresión de que la Iglesia católica o
bien sigue respondiendo a preguntas de otras épocas que ya nadie se plantea, o
bien responde a interrogantes de hoy con respuestas del pasado. Esto ha
sucedido de manera especial en las cuestiones morales, doctrinales y
disciplinares durante el pontificado de Juan-Pablo II.
Un concilio sería una gran
oportunidad para retomar el tren de la historia e invertir la actual tendencia
hacia la restauración eclesiástica por la de la renovación. Para ello lo
primero que hay que cambiar es el escenario de celebración. Los dos últimos
concilios tuvieron lugar en Roma en correspondencia con la centralidad del
catolicismo romano en el mundo. Hoy, sin embargo, el catolicismo tiene un rostro multcultural, multiétnico,
multirracial y multirreligioso. De ahí que el Vaticano no me parezca el lugar
más adecuado para el nuevo concilio. Me inclino, más bien, por un país del
Tercer Mundo, América Latina, por ejemplo, que cuenta con un vigoroso
cristianismo profético expresado a través del compromiso de los cristianos y
cristianas comprometidos con las mayorías populares, el dinamismo de las comunidades de base y la pujanza de la
teología de la liberación.
La Asamblea conciliar no puede convertirse en una reunión de notables
o de títulos nobiliarios que sólo se representan a sí mismos. Ha de ser una
asamblea en el pleno sentido de la palabra, con la máxima representación de
todos los católicos y católicas, y no sólo de los jerarcas, elegidos por el
papa, y con capacidad de decisión.
Entre los temas de la agenda conciliar, hay uno que me parece
prioritario: la Reforma de la Iglesia católica, que se quedó a medio camino en
el Vaticano II; Reforma que ha de traducirse en una democratización en todos
los niveles, desde la base hasta la cúpula. Ello exige un análisis crítico
tanto de los fundamentos del papado, el episcopado y el sacerdocio, como de su
ejercicio. Ahora bien, la democratización de la Iglesia se convertirá en una
caricatura mientras se sigan manteniendo una concepción androcéntrica del ser
humano, que no reconoce a los mujeres como sujetos morales y religiosos, y unas estructuras jerárquico-patriarcales,
que excluyen a aquéllas de los ministerios eclesiales y de las funciones
directivas en la comunidad cristiana. Procede, en consecuencia, poner las bases
para la creación de una “comunidad de iguales” (no clónicos), en sintonía con
el movimiento de Jesús y con los movimientos de emancipación de la mujer.
El segundo gran tema a debatir es la incorporación de la cultura de
los derechos humanos en el interior de la Iglesia, para superar la
“incoherencia vaticana”, es decir, la contradicción en que incurre la jerarquía
católica al defender los derechos humanos en la sociedad y negarlos en su
propio casa. Ello exige reconocer el derecho de los cristianos y cristianas a
elegir a sus representantes y facilitar cauces para el ejercicio pleno de las
libertades de reunión, asociación y expresión, a las que hay que sumar, en el
caso de los teólogos y las teólogas, las de investigación y cátedra, recortadas
selectivamente hoy en función de la ideología. Este reconocimiento debe ir
acompañado de un clima de diálogo que permita llegar a consensos básicos dentro
del respeto al disenso, que tiene los mismos derechos que el consenso.
No
debe descuidarse la reflexión sobre la inculturación del catolicismo en las
diferentes y plurales culturas con el objetivo de activar un cristianismo
culturamente policéntrico, donde las Iglesias del Primer Mundo no dominen sobre las del Tercer Mundo
ni éstas sean sucursales de aquéllas. ¡Cuánto menos, ahora que se ha invertido
la tendencia numérica de los cristianos: a principios del siglo XX sólo el 30% de ellos estaba en el Tercer
Mundo; a principio del siglo XXI llegan al 70%.
Pasó el tiempo en que se creía que la religión católica era la única
verdadera. Ahora vivimos en tiempos de pluralismo religioso. Razón por
la que el diálogo entre las religiones
debe convertirse en un tema de obligado tratamiento, pero no tanto para llegar
a acuerdos doctrinales, cuanto para establecer unos mínimos éticos en torno a
la apuesta por la cultura de la vida, la protección de la naturaleza, el
trabajo por la paz, el compromiso por la justicia y la defensa de la igualdad
hombres-mujeres.
Entre los grandes fenómenos mundiales no puede soslayarse el de la globalización.
El cristianismo en cuanto religión mundial debe preguntarse qué puede aportar
para corregir los desajustes provocados por el proceso globalizador en su
versión neoliberal, que excluye a grupos sociales y étnicos y a continentes
enteros-y para construir un mundo donde quepamos todos y todas. Un nuevo
concilio sería un momento oportuno para reformular la doctrina tradicional
sobre la sexualidad desde una antropología unitaria y las cuestiones de la
bioética, como eutanasia, reproducción asistida, manipulación genética,
investigación y experimentación con embriones, clonación, etc., en diálogo con
las ciencias de la vida y bajo el asesoramiento de los expertos.
Los concilios son grandes hitos en el ya bimilenario caminar del
cristianismo, “encrucijadas en la historia de la Iglesia” (K. Schatz). En ellos
se tomaron decisiones de todo orden, y no sólo de carácter eclesiástico o
teológico, que condicionaron positiva o negativamente el futuro del cristianismo
y de la sociedad. Se definieron muchos de los dogmas de la doctrina cristiana,
que recogen la síntesis de los contenidos de la fe, reformulables y
reinterpretables en cada época conforme a los nuevos contextos culturales y las
nuevas formas de vida. Los concilios han sido espacios importantes para el
debate de ideas y la confrontación de pareceres; hoy diríamos lugares de acción
comunicativa y dialógica. En el debate las distintas tendencias hicieron
siempre concesiones mutuas para llegar a un consenso. Esto pudimos verlo en el
concilio Vaticano II, donde los conservadores y los renovadores acordaron las
grandes líneas teológicas, si bien, en su aplicación, los primeros se
impusieron a los segundos y limitaron sobremanera la renovación.
De la historia de los concilios hay dos que me parecen especialmente
significativos como punto de referencia: el de Constanza (1414-1418) y el de
Basilea, llamados conciliaristas, porque defendieron la autoridad del concilio sobre el papa. Así consta en la declaración del primero aprobada el 6 de abril
de 1415: “Este Sínodo, legítimamente reunido en el Espíritu Santo, constituye
un concilio general que representa a la Iglesia católica militante y recibe su
poder directamente de Cristo (añadido mío: no del papa); todo cristiano,
independientemente de su estado y dignidad, incluso papal, está obligado a
obedecerle en cosas que afectan a la fe, a la extirpación del cisma actual, así
como a la reforma universal de la Iglesia de Dios en la cabeza y en los
miembros”. Hans Küng califica a Constanza como “el gran concilio ecuménico de
la reforma”. Resulta llamativo, sin embargo, el que esta declaración no
aparezca en el Enchiridium Symbolorum,
donde se recogen los principales documentos de los concilios y de los papas de toda
la historia del cristianismo, cuando si se recogen los decretos de condena de
los errores de Wyccleff y Hus. El conciliarismo es una tendencia fundamental a
recuperar en la teología, la organización y la vida de la Iglesia católica.
Amén de frenar el autoritarismo papal, constituye una de las principales claves
para la democratización de la Iglesia.
Termino con una pregunta, que hago especialmente a quienes se oponen
al inicio de un proceso conciliar que desemboque en nuevo concilio para el
siglo XXI: ¿por qué se tendrá tanto miedo a un concilio?
Mesa
redonda: “Hacia un nuevo Concilio.
22 de septiembre, 10,00 h.