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3er.
MANIFIESTO DE LA CORRIENTE SOMOS IGLESIA
(Documento-base para el trienio 2000 – 2002. Se elaboró a partir
de los comentarios que personas y comunidades eclesiales hicieron al 2º
Manifiesto titulado "Por una Iglesia consecuente con la defensa de
los Derechos Humanos)
“VINO
NUEVO EN ODRES NUEVOS”
(...)
Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos; de otro modo, el vino reventaría los
odres y se echaría a perder tanto el vino como los odres; sino que el
vino nuevo, en odres nuevos (Mc, 2, 22-23).
Introducción.
Este es el tercer manifiesto de la Corriente
Somos Iglesia que refleja las aspiraciones de miles de cristianos que
anhelamos cambios profundos en la Iglesia católica.
El primer manifiesto expresaba esos anhelos
en cinco puntos. Fue lanzado en Austria en 1995, dando lugar al Movimiento
Internacional Somos Iglesia (IMWAC, International Movement We ar Church),
que en nuestro país adopta el nombre de “Corriente Somos Iglesia”. El
segundo manifiesto surgió en 1998 bajo el título “Por una iglesia consecuente
con la defensa de los derechos humanos”; en él, después de un largo proceso
de debate en comunidades eclesiales, los cinco puntos se ampliaron a diez.
Ahora, en el año 2000, ve la luz un tercer
manifiesto, enriquecido con las aportaciones que se han ido haciendo desde
distintos ámbitos. Como los anteriores es un documento-base que puede
ser matizado y no excluye otras posibilidades. Sus objetivos son contribuir
a un diálogo que fomente la autonomía y el pensamiento crítico entre los
cristianos y animar la convergencia de todos los que nos identificamos
con una Iglesia más cercana a la propuesta de Jesús.
ANUNCIAMOS
UNA BUENA NOTICIA
Nosotros y nosotras, cristianos de
la Iglesia católica, intentando mantenernos fieles al ejemplo y mensaje
de Jesús, queremos abrir el debate sobre estas cuestiones:
¿La Iglesia debería ser más fraternal, universal
e integradora? ¿Cómo podría fortalecer su compromiso con la Justicia Social,
los Derechos Humanos y la defensa de la Naturaleza? ¿Podría haber en la
Iglesia más participación, tolerancia e igualdad? ¿Sería posible crecer
en libertad dentro de la Iglesia? ¿Deberían poder convivir en ella sensibilidades,
culturas y funciones diversas?
SOMOS IGLESIA VIENE
RECOGIENDO LOS SIGUIENTES
ANHELOS:
Necesitamos
una Iglesia abierta al cambio.
Nuestra iglesia no debería constituir un fin
en sí misma, sino un medio para anunciar y construir el Reino de Dios.
Su estructura debería ser más flexible y adaptarse a la evolución de las
comunidades eclesiales y de las sociedades en las que vivimos; debería
interrogarse siempre sobre las expresiones y formas que adopta para llevar
a cabo su misión.
Anhelamos una Iglesia que actúe como ”levadura
en la masa”, cuyos miembros podamos trabajar fraternalmente junto a otros
que también son fermento y acicate de una sociedad nueva, como personas
en proceso permanente de renovación, al servicio de la justicia y de la
dignidad humana. Necesitamos una Iglesia que no ponga tanto el acento
en lo que la diferencia, situándose por encima de los demás, sino en discernir
en qué puede ella contribuir a mejorar la vida de las personas y de las
sociedades.
Nuestra Iglesia debería actualizarse y acortar
las distancias que la separan de las visiones del mundo, de los lenguajes
y las preocupaciones de los hombres y mujeres de su tiempo ¿Acaso no deberíamos
estar en permanente peregrinaje, buscando los mejores caminos para acercar
a la Humanidad el mensaje de Amor que nos legó Jesús? ¿No deberíamos tomar
ejemplo de su apertura a todos, para comprenderles en todos sus lenguajes
y en todos sus contextos?
Necesitamos
una Iglesia al servicio del Reino de Dios.
Nuestra Iglesia debería renovar constantemente
su opción por los pobres y oprimidos, por “los últimos”, por los hombres
y mujeres que son excluidos y privados de su dignidad y sus derechos a
causa de unas estructuras de pecado al servicio de los poderosos.
La paz debería ser un valor esencial en nuestra
vida y la consecuencia de un cambio social donde las estructuras –tanto
en la Iglesia como en la sociedad- estén al servicio de las personas y
no del dinero o de los intereses de unos pocos. El perdón y la reconciliación
tendrán que ir acompañados del esclarecimiento de los hechos y de las
responsabilidades, del análisis de las causas que han producido los agravios
y permitir que los que han sido perjudicados puedan obtener justicia.
En un mundo de impunidades, de desigualdades
crecientes y de destrucción del Planeta ¿Acaso podemos limitarnos a prestar
consuelo ó denunciar los hechos consumados? Como ciudadanos, y con fundamento
en nuestra fe cristiana, nos sentimos llamados a unir nuestros esfuerzos
con todos aquellos que trabajan para transformar este sistema y dignificar
la vida humana.
Necesitamos
una Iglesia que respete la diversidad.
En nuestra Iglesia debería caber mucha gente
y hacer de la diversidad uno de sus principales valores. Aceptando como
cristianos la misión fundamental de trabajar para que todos tengan “vida
en abundancia”, deberíamos ampliar nuestra libertad para conocer e interpretar
los textos bíblicos, expresarnos con lenguajes diversos, organizarnos
y celebrar de manera diferente...
En esta Iglesia tendríamos que ampliar los
espacios en los que poder expresar el sentido de trascendencia de diferentes
maneras: mediante la acción social y el silencio, la oración, el canto,
la fiesta... Buscamos un estilo de Iglesia abierta y acogedora, integrada
en la cultura de los pueblos unidos por un mismo Espíritu, más que por
una estructura de poder. Queremos que nuestra Iglesia valore como riqueza
las diferencias entre sus hijos, porque a Dios no le agota nadie.
En
una Iglesia así puede haber conflictos, pero éstos, bien encauzados, pueden ser oportunidades para el desarrollo personal, eclesial
y social. Como cristianos trabajamos en muchos lugares por la unidad,
mediando entre las personas para que puedan colaborar en la búsqueda de
soluciones a sus conflictos ¿Acaso ésto no será posible también entre
nosotros?
Necesitamos
una Iglesia de iguales.
Deseamos una iglesia
consecuente con el Magisterio de Jesús y con los Derechos Humanos, que
no discrimine a nadie por el color de su piel, por ser hombre o mujer,
por sus opciones sexuales, por su condición de célibe, casado, separado
o divorciado, por procedencia de clase, país o cultura... Nadie en principio
debe quedar excluido de ejercer en ella cualquiera de sus ministerios.
En la Iglesia que intentamos construir, el
Papa debería ser un hermano obispo -símbolo de comunión- que media entre
nosotros, que orienta y ayuda a integrar las diferencias. Sólo Dios es
Padre y Madre, se revela también en los “pequeños e ignorantes” y sólo
de él somos hijos y discípulos. Entre nosotros sólo cabría sentirnos hermanos
y alumnos de un solo Maestro, aprendiendo juntos con humildad y con apertura
al otro diferente.
Los ministerios y el reparto de funciones
en el seno de nuestra Iglesia deberían servir a las necesidades y demandas
de las comunidades, de donde emana su legitimidad; serían temporales y
nunca una fuente de privilegios. Como Pueblo de Dios somos corresponsables
en hacer de nuestra Iglesia un camino de liberación, construyéndola desde
nuestra participación activa, libre y creadora.
—o0o—
Esta es la Iglesia que soñamos y que intentamos
construir, desde la libertad y el diálogo, en nuestra vida cotidiana.
Depositamos nuestra confianza en el Espíritu para que nos ayude a encontrar
los cauces apropiados. Con su ayuda podemos hacer de nuestra fe el testimonio
vivo del Amor de Dios a todas las Mujeres y Hombres y a toda su Creación.
—o0o—
Constructores
de Esperanza.
Estamos construyendo
una Iglesia
que quiere seguir
a Jesús,
universal, fraterna
y acogedora,
comprometida
con la liberación de los oprimidos
y la construcción
del Reino de Dios.
Estamos construyendo
una Iglesia
participativa
y de iguales
en la que podemos
elegir,
entre nuestros
hermanos y hermanas,
a los que han
de ser ministros al servicio de las comunidades.
Estamos construyendo
una Iglesia
en la que la
sexualidad se valora de forma positiva,
cuando se expresa
con respeto a la libertad de las personas,
aceptando a
los gays y lesbianas
como miembros
de pleno derecho entre nosotros.
Estamos construyendo
una Iglesia
en la que el
celibato es una elección personal,
sin que sea
considerada una forma de vida más perfecta que otras,
sin que sea
obligatorio para nada ni para nadie,
respetando y
comprendiendo todas las opciones.
Estamos construyendo
una Iglesia
ecuménica, abierta
a todas las culturas,
lenguajes y
expresiones de la fe,
en proceso de
encuentro con otras confesiones
a través de
las que también se nos revela Dios.
Estamos construyendo
una Iglesia
comprometida
con el Planeta y la Naturaleza,
con todos los
seres vivos y todos los elementos
que son parte
de la Creación.
Estamos construyendo
una Iglesia
abierta a trabajar
y aprender con todos aquellos
que luchan por
la Justicia, la Paz y la Libertad
para todos los
seres humanos.
Estamos construyendo
una Iglesia
dialogante, que ya es, pero todavía no,
porque avanza
cada día
con nuestro
esfuerzo y compromiso como Pueblo de Dios.
Corriente Somos Iglesia,
trienio 2000- 2002
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